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Masturbación delante de mi profesora

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Bronze user
Added by fanny69
September 9, 2016, 11:21 am → version: 1
Language: Spanish
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Masturbación delante de mi profesora 5 by 5 users
Viewed: 230 times

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Caminaba de un lado a otro del salón, con los pantalones a la rodilla y mi miembro, a medio camino entre la flacidez y la excitación, agitándose al compás de mis pasos. En ocasiones, cuando por las mañanas no había descargado el semen acumulado en los huevos y me empalmaba con el simple roce del viento, me masturbaba ante la mirada incrédula de los demás alumnos. Eso mismo pretendía hacer aquella vez, pero sucedió algo que no me esperaba. La profesora de química, esa que pensé ya no se presentaría, entró al aula y me cachó con las manos en la polla.

Me quedé paralizado y la erección que comenzaba a tener se me bajó de inmediato. Fue hasta que escuché las risas de mis compañeros que reaccioné y me subí los pantalones, pero igual la maestra ya se había dado cuenta de mi conducta falta de moral y, por el gesto de su cara, supe que me había ganado un buen castigo. Les pidió a todos que salieran y la dejaran a solas conmigo y a los pocos segundos, todas las butacas quedaron vacías. La profesora se sentó detrás del escritorio y empezó con su sermón, el cual yo escuché con la cabeza gacha, sumamente avergonzado.

No se que tantas cosas me dijo, pero entre ellas recuerdo bien que mencionó comentarles a mis padres lo que yo acostumbraba hacer cuando no había maestro. La simple idea de que ellos se enteraran me aterró y me puse a llorar como una niña, lo cual molestó demasiado a la profesora. Con un grito que me enchinó la piel, me pidió que me parara enfrente de ella.

- ¿Por qué lloras? ¿Qué acaso no eres hombre? ¿Qué no eres el mismo que hace un rato mostraba sus genitales a todo el grupo? ¿Dónde está ese atrevimiento ahora, escuincle? Mereces que les comunique a tus padres lo que has hecho, para que te reprendan de manera ejemplar. - Me amenazó.

- No, por favor. No les diga nada o me van a matar. - Le pedí de rodillas y con lágrimas en los ojos.

- ¿Crees que me vas a conmover? Si en verdad te mataran está escuela quedaría libre de un depravado como tú, ¿crees que eso es malo? ¿Por qué no habría de comentarles lo que hiciste? Dame una razón, ¿por qué no habría de hacerlo? - Me preguntó con una voz enérgica que me asustó aún más de lo que estaba.

- Porque...porque le prometo que no lo voy a volver a hacer y siendo usted tan buena, me va a perdonar y se olvidará de todo esto. - Argumenté.

- Así que piensas que soy muy buena. ¿Qué tan buena? - Me cuestionó.

- Mucho, casi como una santa. - Aseguré.

- ¿Tan buena como una de esas mujeres que salen en las revistas para adultos que le robas a tu padre y con las que seguramente te masturbas a escondidas en tu cuarto? ¿Tan buena como para que hagas frente a mí lo que hacías cuando llegué al salón? ¿Tan buena como para que me enseñes esa verga que te guardas? Dime, ¿tan buena como para eso? - Me interrogó ya con otro tono, más sensual, más sugestivo.

- ¡¿Qué?¡ - Exclamé sorprendido.

- No te hagas el que no escuchó y bájate los pantalones, niñito. - Me ordenó.

- Pero...¿cómo me voy a bajar los pantalones si... - Traté de decir, pero me lo impidió con un beso que no esperaba.

Junto sus labios a los míos y comenzó a moverlos, esperando una reacción de mi parte, la cual tardó unos segundos porque en verdad estaba muy confundido. Primero me regañaba, me gritaba y me amenazaba con acusarme con mis padres y después me acosaba con todo el descaro del mundo. Pero más allá de mi confusión, debía aceptar que la profesora era muy hermosa y sin duda era el amor platónico de todos los alumnos y uno que otro de sus compañeros del departamento docente. Me había hecho un par de pajas en su nombre, imaginando lo que ocultaría debajo de su blusa. Era toda una mujer, irresistible incluso en esos momentos en que la incertidumbre me invadía.

Sin poder hacer nada en contra de sus encantos, correspondí a su beso y le permití a su lengua entrar en mi boca, para entrelazarse con la mía y ponerme de nuevo a tono. Nos besamos por un lapso que me pareció eterno, de lo bien que se sentía tener esos labios unidos a los míos. Cuando finalmente nuestras lenguas se separaron, me miró a los ojos y con su mano derecha acarició suavemente mi entrepierna, estremeciéndome hasta los huesos. Luego regresó a su lugar.

- Bájate los pantalones y muéstrame lo que tienes. - Me dijo, casi como un ruego, con un brillo especial en sus ojos.

La vergüenza había quedado a un lado y ya no me opuse a cumplir sus peticiones. Desabotoné mis pantalones y, junto con mis calzoncillos, los bajé hasta mis tobillos, mostrándole ese pedazo de carne del que tan orgulloso me sentía. Permanecimos un rato sin hacer nada y en un silencio total. Ella observó detenidamente mi erecto pene, su piel blanca, su cabeza rozada y las venas marcándose a lo largo de mis diecisiete centímetros. Sus ojos se abrieron como platos, como si estuviera impresionada de que un adolescente flacucho y de apenas catorce años pudiera cargar semejante cosa entre sus piernas. Yo me sentí más orgulloso que nunca, al ver la forma en que admiraba mi virilidad.

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